lunes, 10 de noviembre de 2008

Autoengaño

El día que Luis Antonio decidió engañarse asi mismo tomó un desayuno ligero. Después de ducharse-siempre lo hacia así: primero desayunar, luego ducharse-, se puso su mejor ropa y se dirigió a la calle pensando que cuando uno está dispuesto a engañarse asi mismo, no hay nada que pueda impedírselo.


Cuando se vio reflejado en los espejos del escaparate de la tienda de lencería de la calle más pija de la ciudad (que naturalmente era la más cara), observó su aspecto: elegante, alto de 1.85, bien peinado, a la moda y rodeado todo él, toda su figura, de prendas delicadas, íntimas, femeninas, le dió un subidón de autoestima como hacia tiempo que no recordaba.


Entró seguro de sí mismo y mirándole a los ojos a la atractiva dependienta, y sin más rodeos que un educado "buenos días señorita" pidió un conjunto de ropa interior para su novia "una mujer -describió- de, aproximadamente, su misma edad, talla 95, copa B, 165 de estatura"... y algún etcétera más que fue surgiendo en función de las preguntas que la atractiva dependienta le fue haciendo. "¿color?, preguntó la guapa. " Tres colores, uno negro, otro rojo y un tercero rosa-palo"


Salió de la tienda encantado de haberse atrevido y con los ojos de la guapa dependienta clavados en su nuca ( en realidad, y eso él no lo pudo ver, clavados en la nueva clienta que se cruzó con él en la puerta).


Deambuló todo el día por el parque del Buen Retiro y el Madrid de los Austrias y hacia las 8 de la tarde se metió en la filmoteca donde vio, otra vez, Ladrón de bicicletas, de un neorealismo que ese día le pareció, poco neo.


Antes de irse a su casa se comió un bocadillo de calamares y un pincho de tortilla, bebió dos cañas y no quiso tomar café por si acaso no dormia. Ya entrada la noche llegó a casa con la sensación de que había cumplido el objetivo. Sólo un par de detalles más y se habría engañado asi mismo como había premeditado hacer por la mañana.


Sacó el pijama de seda, regalo que le había hecho su madre hacia ya algunos años, y se dirigió al baño. Allí, delante del espejo compuso el mismo gesto que recordaba haberse visto en el escaparate de la lencería y guiñándose un ojo asi mismo se dijo en voz no muy alta:"Ahora sólo necesito rellenar los tres conjuntos: el rojo, el negro y el rosa-palo, pero eso, añadió, lo haré mañana, ya tengo las medidas. He sido capaz de tomar las medidas adecuadas". Y se durmió. Y soñó.

Al día siguiente, peor trajeado, sin afeitar y habiendo desayunado otra vez ligero, se dirigió, como acostumbraba desde hacia 10 meses a la oficina del INEM. Al llegar vio en un cartel rojo, el logotipo de una institución oficial donde podía leerse algo asi como "LA SUMA DE TODOS".
Eso fue lo único que le llamó la atención, la única novedad que reconoció, lo único que había cambiado desde la última vez que él había tenido que visitar la oficina de desempleo, cuando se había autoengañado por primera vez dicéndose para sí que, lo de parado, sería cosa de un par de meses.

Después de sellar el boletín de parado se dirigió a la calle Martínez Campos. Allí, luego de esperar otra vez en una cola de personas que como él tenían cara de autoengañados, le dierón de comer, caliente y gratis, por vez primera en su vida.

Si el día anterior no se hubiese permitido inventarse una novia de 1.65 de estatura, castaña con ojos color de almendra, 95 de talla de pecho y copa B, y como consecuencia del "invento", no la hubiese comprado tres conjuntos de "monísima lencería" en palabras de la guapa dependienta, el dinero que empleó en ello le hubiese dado para comer sin necesidad de la caridad, para unos cuantos días, quizá para algún mes.

Es lo que tiene de malo lo de autoengañarse, pensó.

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